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Desplazadas por el conflicto armado, ejemplo de perdón y resiliencia

Última actualización: 15/03/2017



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Martha Valencia y Norleida Pérez fueron amenazadas y obligadas a dejar su tierra, a cambio de no atentar contra sus vidas. Hoy, regresaron al Valle del Cauca y son reconocidas como incansables líderes de sus comunidades. Ellas optaron por la vía de la no violencia para que sus voces fueran escuchadas.

Por: Ana Lucía Rey González- Equipo digital Canal Institucional

 

“A veces me tocaba meter a los niños en un rincón de la pared y ponerles las colchoneticas encima. Ellos pensaban que estaba jugando a las escondidas, pero cómo les iba a decir que era otra cosa diferente”. Como la peor de las pesadillas, relata Martha Cecilia Valencia, los días en que las Farc hostigaban la vereda Samaria, en Caicedonia  (Valle del Cauca). 

Martha, quien es víctima de desplazamiento forzado, es ahora una reconocida líder comunitaria y cabeza de la Organización Mujeres Prósperas Justicia y Paz, que busca dar una oportunidad a otras que, como ella, han sufrido el conflicto armado interno en Colombia. Son ocho mujeres, unidas por los hechos victimizantes de la guerra, pero que a través de una microempresa de cárnicos han logrado salir adelante.

Antes de iniciar con este proyecto, Martha vivía en la vereda Samaria, entre Sevilla y Caicedonia, en donde trabajó durante siete años con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). “Daba la casualidad- cuenta- que mi casa limitaba con la estación de Policía”.

Al estar tan cerca, construyó una estrecha relación con los policías, con quienes, dice, incluso, jugaba cartas o disputaba partidos de fútbol. Y fue, quizás, esta cercanía la razón por la que fue amenazada y obligada a salir de su hogar, a cambio de su vida.

Salió de la vereda, con su madre e hijos. Empacaron todo lo que pudieron en un carro y se fueron a Tuluá. Y dice, lo más difícil fue “empezar de cero”. Pero fue su familia la fuerza más poderosa para continuar.

Al huir del conflicto, se enteró de que una de sus amigas, quien se fue a Caicedonia, también por amenazas, había sido capturada y asesinada por paramilitares de la zona; mientras se desplazaba a Samaria para ejercer sus labores como promotora de salud. “Le echaron mano y hasta el son de hoy, no sabemos nada de ella”, asegura.

Martha empezó de nuevo y decidió ayudar a su comunidad. Se estableció en el municipio de Riofrío y hablando con sus habitantes fue que logró recopilar sus necesidades. A las mujeres que vivieron historias similares a la suya, las convocó y formó su organización. Al mismo tiempo, reunió a los lugareños en asambleas para que, además de sus experiencias, compartieran la forma en la que cada uno podría aportar para dar solución a las problemáticas que afectaban a toda la comunidad.

Y tocando puertas, se convirtió en una figura inspiradora; no solo en el corregimiento Fenicia - donde actualmente reside- , también en Riofrío. A donde va, la reciben con calidez y gozo. No solo es una líder sino un ejemplo de resiliencia.

Martha sueña con entregar una casa a todas las mujeres de Fenicia. También, con construir una cancha de fútbol para los niños y jóvenes.

Sigue trabajando con su organización, mientras sana su corazón de las heridas del conflicto. “El perdón es un proceso, pero hay que empezar a formarlo, a aliviar el alma y ayudar a que el otro también recupere esa libertad”, dice.

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“Yo no debía nada; no tenía por qué irme”: víctima de desplazamiento forzado

Así lo asegura Norleida Perea quien, al igual que Martha, fue víctima de la violencia armada en el departamento del Valle del Cauca, más exactamente en el municipio de Calima El Darién.

Ella se levantaba todos los días a las 4 de la mañana, pues trabajaba con los camioneros del lugar. Eran las 7 a.m. del 11 de mayo de 2006. Su hijo se preparaba para ir al colegio, pero, como si se tratara de una premonición, le dijo a su madre que se sentía enfermo.  Más tarde, empezaron a correr los rumores que se iba a desatar una balacera.

Su hijo estaba cada vez más mal, así que decidió tomar una volqueta en la carretera e irse al hospital. Rumbo al centro de salud, Norleida se enteró de que su casa era la que había quedado en la mitad del enfrentamiento, entre grupos de autodefensas, guerrillas y narcotraficantes.

“Me tumbaron la casita”, cuenta, mientras recorre ladrillo a ladrillo el lugar que solía llamar hogar. “Yo siempre me preguntaba: ¿Por qué a mí? Y ocho años después, obtuve la respuesta”,  agrega. Donde vivía, era un sitio estratégico entre los grupos armados ilegales. Más específicamente del bloque Luis C. Cárdenas del ELN, que tuvo una fuerte presencia en el municipio, según datos del Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos y DIH  (ver informe).

Pero, dice ella, “después de toda tempestad viene la calma” y en un pequeño terreno, contiguo a donde estaba construída su casa paterna, decidió empezar su pequeña granja. La tierra le regaló la cebolla, la papaya y la sábila que sus manos habían cultivado. En un predio restante, estableció un estanque para la crianza de peces. 

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Su hijo, quien ahora es cabo tercero del Ejército Nacional, es su vida y su orgullo, como expresa. Quizás, la inspiración para armarse de valor y retomar sus sueños. “En la vida el ser humano está hecho para todo, para afrontar cualquier situación”, asegura.

Ella anhela ayudar a otras madres solteras, para motivarlas a luchar por sus hijos. Al mismo tiempo, también trabaja a diario para comercializar los frutos de su huerta, incluso fuera del Valle del Cauca. “Quisiera ver en mi finquita una empresa”, dice.

Norleida y Martha coinciden en que el mejor camino, en tiempos de posconflicto, es la no violencia. “Todo el mundo es alguien, porque algo le ha pasado”, dice Martha. Y, agrega, el verdadero cambio está en dar oportunidades a quienes, en un pasado, desempeñaron el papel de victimarios, para demostrar que sí es posible adoptar la vía de la reconciliación.

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“Esos malos recuerdos hay que borrarlos, para dejar todo lo bueno”, concluye Norleida.