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Caloto, tras 26 años de la masacre de El Nilo

Masacre de El Nilo
Imagen de Canal Institucional

Un 16 de diciembre de 1991, 20 indígenas de la comunidad Nasa fueron asesinados a manos de grupos paramilitares de Fidel Castaño, terratenientes y miembros de la fuerza pública. Después de más de dos décadas, reconstruimos memoria, en compañía de las víctimas, quienes solo esperan ser escuchadas.

Por: Ana Lucía Rey González- Equipo Digital CITV

La Hacienda El Nilo, ubicada en zona rural de Caloto (Cauca), fue el escenario de una de las masacres más dantescas de la comunidad Nasa.

 

Los indígenas que habían ocupado el territorio, de más de 500 hectáreas, durante cuatro años, fueron citados por los nuevos terratenientes a dialogar sobre su presencia en el lugar.  Una cita conciliada, a la que 80 indígenas, entre hombres y mujeres, pertenecientes al Resguardo Huellas, acudieron cumplidamente.

 

Eran las 9 de la noche de aquel día, cuando fueron sorprendidos por un grupo de hombres armados, quienes  los retuvieron y amedrentaron. A los indígenas de la comunidad, que se encontraban en sus ranchos, los sacaron a la fuerza y los llevaron al punto de encuentro.

 

Una vez los reunieron a todos, identificaron a los líderes y los fusilaron. Y como si fuera poco, empezaron a disparar indiscriminadamente contra quienes no lograron huir, presos del pánico. Los indígenas que quedaron con vida no solo perdieron a sus familiares; también sus casas, cultivos y animales.

 

Flor Alba Mestizo es una de las sobrevivientes de la masacre. Mientras camina por las tumbas de sus compañeros –como ella los llama-, los nombres de cada uno de los caídos van apareciendo, en 20 cruces blancas, que delimitan el sendero de la Hacienda.

 

“Ustedes compañeros, son de una sociedad defensora”, se lee en una placa conmemorativa, a la entrada del lugar. Debajo de este mensaje, se encuentran los nombres de los 20 caídos aquel 16 de diciembre.

 

Flor Alba aún recuerda el momento en el que recibió la fatídica noticia del asesinato de sus dos hermanos, pero su dolor se ahonda cuando revive la imagen de la masacre. “Ese día fue muy duro para mí.  A esa hora, llegué yo y encontré a toda la gente aquí tirada”, cuenta.

 

Un sentimiento que también comparte Pablo Picue Mestizo, también indígena de la comunidad, quien tan solo tenía ocho años de edad. “Recuerdo que eran las ocho de la noche, yo estaba acostado. Cuando desperté, había una ‘plomacera’ por todo lado y la gente corría y gritaba”. Y agrega: “Cuando desperté, mi mamá ya no estaba al lado. Perdí mi mamá y a un hermano”.

Pablo asegura que antes de la masacre, otros compañeros habían recibido amenazas debido a la ocupación de las tierras.

 

Este caso fue llevado por el Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en 1992. (Lea la petición, aquí)

 

Tras el fallo, a favor de las víctimas, el Estado colombiano, en cabeza del expresidente Ernesto Samper Pizano, reconoció su responsabilidad y se comprometió a reparar a las víctimas, entregando 15 mil hectáreas a título colectivo a la comunidad afectada, entre otras acciones.  Sin embargo, algunos de los implicados no han sido investigados.

 

Antes esto, Pablo asegura que es clave “escuchar a ambas partes y tener en cuenta a las víctimas”. “Somos muchas en Colombia y las tenemos abandonadas. Tenemos la esperanza de que seamos escuchados”, concluye.

 

“En Caloto, ya no se respira lluvia de balas, sino lluvia de aire fresco”: Andrés, reintegrado a la vida civil

A sus siete años, huyendo de la violencia intrafamiliar que, a diario, enfrentaba en su hogar, escapó y se unió a las filas del ELN. Tras once años de promesas incumplidas y viendo cómo la guerra terminaba con los sueños de sus compañeros, también combatientes, decidió recuperar su verdadera libertad.

 

“Desde mi niñez, fui aborrecido por papá y mamá y cuando nosotros, en el hogar, no nos dan esa manera de amar; nosotros nos vamos del hogar, buscando quien nos sustituya ese amor”, dice Andrés Peñuela*, quien en la actualidad es panadero y líder comunal, en el corregimiento El Palo, de Caloto (Cauca).

 

Él, siendo aún un niño, creyó que unirse a las filas del ELN era la mejor opción. Seducido por sus ideales, entró a militar al grupo guerrillero, confiando ciegamente en las promesas que le habían hecho los comandantes.

“Allá te enseñan una maniobra de guerra, una maniobra de hacer daño, de compartir para el pueblo; pero no es para el pueblo sino para hacerle daño al pueblo. Se lucha por un ideal que no es cierto”, asegura.

 

Pasaron once años para que Daniel tomara la determinación de abandonar las armas y el uniforme camuflado y regresar a la vida civil. Fue en 2008, cuando cumplía 18 años de edad, que decidió irse. Esto fue, según narra, después de ver morir a muchos de sus compañeros. “De un grupo de 90, quedamos 10 vivos”, agrega.

 

Pero, quizás, lo que más lo marcó fue la desaparición de su hermano mayor, quien también  militaba en este grupo. Hoy, no solo sigue esperando a que él regrese; también anhela reencontrarse con su madre, pues su padre ya falleció.

 

Daniel ahora tiene una panadería y es un líder en su comunidad, y asegura que esta labor es lo que, en realidad, le llena de motivación.  “Ahora siento que estoy contribuyendo a la sociedad en verdad”, dice. 

 

Además, cuenta que las cicatrices que le dejó la guerra y su infancia las ha curado dando amor a su pequeño hijo, de 5 años.

 

Daniel nos lleva a recorrer Caloto. Señala cada una de las casas, de las que sus habitantes huyeron, ante los hostigamientos de los grupos al margen de la ley. Los impactos de bala, grabados en sus muros, reviven los días en los que los ruidos de fusiles eran más fuertes que las ansias de paz.

 

La iglesia aún continúa abandonada, desde que el sacerdote fue amenazado y debió irse, cinco años atrás. “Los feligreses son los que vienen todas las tardes a fortalecer su fe”, agrega.

 

Sin embargo, afirma, que, poco a poco, la paz ha retornado a su pueblo al que sus habitantes empezaron a regresar hace dos años, dejando sus temores en las grandes ciudades en las que se habían refugiado, huyendo de la guerra.

 

El 'Camino esperanza' en Caloto

 

Andrés Peñuela*: Nombre cambiado a petición de la fuente

 

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