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“Soy uno de los tantos que logró cambiar la guerra por la paz”: reintegrado a la vida civil

Imagen de Canal Institucional

Geyler Antonio Maturana se unió a las filas del Ejército Revolucionario Guevarista cuando tenía, apenas, 11 años edad. Esta guerrilla, que militaba en límites de los departamentos del Chocó y Risaralda, reclutó a su hermano, por quien Geyler decidió cambiar los juguetes por las armas.

Por: Ana Lucía Rey González- Equipo digital Canal Institucional

 

Geyler era un niño cuando un grupo de hombres vestidos con uniformes camuflados y fusiles al hombro irrumpieron en su casa, a las afueras de Pereira. Su hermano mayor desapareció con los guerrilleros.

 

Decidido, con el anhelo de encontrar a su hermano, se unió al grupo guerrillero. Lo aceptaron y, siendo un pequeño, empezó su entrenamiento. Pero, para su sorpresa, su hermano no había sido reclutado.

 

A los tres meses, quiso salirse pero no lo logró. Habló con el comandante pero era demasiado tarde. “Es más fácil que usted se vaya con los pies de pa’ delante, que nosotros dejarlo salir”, le dijo el guerrillero.

 

Lo entrenaron y le dieron la orden de atacar cuarteles, hacer retenes, secuestrar y cuidar secuestrados. Dos años después de integrarse a la guerrilla, se resignó a vivir allí. “Es muy difícil volarse y, más, siendo un niño”, cuenta Geyler.

Así, duró siete años de su vida, con el único deseo de escapar; mientras, ante sus ojos, eran asesinados sus compañeros, por intentar huir.

 

En una avanzada, en la vereda Chorrito (Valle del Cauca), asegura Geyler, los “asaltó el Ejército”. “Nos quitaron el radio de comunicación grande, a mí me pegaron un tiro por aquí (señalando a su cabeza), me cayó encima un palo de café y me cortó. También, me pegaron dos en el hombro”, agrega.

 

Acorralados, huyeron de la zona, buscando en dónde esconderse del Ejército. Allí, estuvieron ocho días y se trasladaron a una montaña para lograr comunicarse con los que estaban en el Chocó. A los 15 días, los atacaron, nuevamente.

En las filas de la formación guerrillera, dice, había una indígena que explotó en llanto, mientras le contaba que había perdido a cinco familiares. Ellos querían ‘volarse’. “Fue un golpe durísimo para mí, me metí al cambuche a llorar”, asegura Geyler. Fue en ese momento en el que confirmó que la guerra no era la salida.

 

“A los 20 días, me enviaron a hacer un registro en la carretera entre Chocó y Risaralda. Ahí fue donde yo ya cogí confianza, hablé con seis y les dije que me iba a volar”, cuenta.

 

"Duramos 15 días en el monte. Nos metimos trillando. Lo único que cargaba en el bolsillo era una libra de sal y un pedacito de panela. Hacíamos agua de sal y comíamos panela”, dice Geyler.

 

Finalmente, llegaron al Chocó. Con sus compañeros, pusieron todos los fusiles en un costal, pararon un conductor de un camión transportador de madera y los ubicaron debajo de los troncos. “Nos hicieron un retén y logramos pasarlo con las armas camufladas”, asevera.

 

“Cuando llegué a la casa mi mama se desmayó”

Siete años pasaron para que Geyler viera de nuevo el rostro de su madre, quien, conmocionada, se desvaneció entre sus brazos.  Con su padre, también anonadado, la reanimaron. 

 

Sus padres, como si se tratara de una aparición fantasmagórica, acariciaban su cara y lo besaban.  Sus lágrimas eran de alegría. Su hijo perdido había vuelto a casa.

 

Tras el encuentro, Geyler llamó al batallón San Mateo, del Ejército Nacional, decidido a entregarse; la guerilla había ofrecido 35 millones de pesos por su cabeza. Lo enviaron a Bogotá para iniciar su proceso de reintegración. “Allí viví  los cinco mejores años desde que salí de la guerrilla”, dice. 

 

Pero, para él, lo mejor que le sucedió fue conocer la música.  «Una vez, estaba en un bar, coreando una de las canciones de una agrupación que se presentaba esa noche; cuando pasó el vocalista y me dijo: “usted canta bueno, un día de estos lo voy a mandar allá (al escenario)”», cuenta.

 

Y así fue. Se subió el escenario y se sintió en la cima, como si los siete años que estuvo en la guerra se quedaran en tan solo un mal sueño. “Canté ‘La juntera’ y ‘Penas de un soldado’”, dice. Esa noche, no solo salió con los 35 mil pesos que le pagaban por la función, sino con la propina del público. Allí, se enamoró de los sonidos del acordeón.

 

Al mismo tiempo, continuaba con su proceso de reintegración, terminaba su bachillerato y estudiaba teatro semiprofesional.

Pero, tiempo después, un amigo, también reintegrado, lo convenció de mudarse a Puerto Boyacá (Boyacá), para que empezara a cantar en la Casa de la Cultura del municipio.

 

Temía también por el rechazo social, pero se arriesgó. Y cuando le preguntaban quién era, solo decía la verdad. “Si queremos lograr la paz, ante todo, el perdón con transparencia”, afirma.

 

Y es que para este pereirano, los excombatientes, como él, “están dispuestos a  darle la vuelta a la página y seguir adelante…Demostrar que la guerra no es el camino”. Cuando le preguntamos quién es Geyler Maturana, él, con convicción, responde que es “uno de los tantos que decidió cambiar la guerra por la paz”.