Los murales que cuentan las historias de los desaparecidos en Aguazul


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La plaza de la memoria de este municipio, en el departamento de Casanare, busca dignificar a las víctimas de desaparición forzada y a sus familiares, reconstruyendo los hechos a través de expresiones artísticas.

Por: Ana Lucía Rey González- Equipo digital Canal Institucional

 

El 25 de noviembre de  1999, integrantes de las Autodefensas Unidas de Casanare entraron a la casa de Yovany Quevedo y, a la fuerza, los secuestraron a él y a su esposa. Su hermana, Lydia, aún continúa sin encontrar su paradero.

Yovany Quevedo hace parte de los 2.553 casos de desaparición forzada en Aguazul (Casanare), registrados entre 1985 a 2016 –según Lydia Quevedo, directora de la fundación que lleva el nombre de su hermano.

Tras 17 años, ni su hermana, ni su madre, ni su hija – huérfana del conflicto armado en Colombia- saben con certeza qué sucedió con él y su esposa.

Sin embargo, esto se convirtió en la inspiración de Lydia para crear, en 2006, la Fundación Yovany Quevedo, lazos de vida, que busca alzar la voz por las víctimas del paramilitarismo, a través de manifestaciónes pacíficas, actividades de reconstrucción de memoria y denuncias públicas.

Lydia inició su fundación contando la verdad de lo sucedido. Poco a poco, empezó a soltar su dolor; mientras, una y otra vez, repetía la historia de aquel 25 de noviembre en el que perdió a su hermano. Con ella, se unieron 58 madres de otros desaparecidos y, como si se tratara de un bloque de búsqueda, empezaron a recorrer los municipios vecinos, preguntando el paradero de su familiares a habitantes, autoridades locales y hasta los propios militantes de las Autodefensas.

No recibieron respuestas, pero hubo un hecho que las impulsó a seguir adelante: la desmovilización de 1.200 integrantes del Bloque Centauros, en Yopal.  Para ella, una señal de que rendirse no era una opción.

“La fundación nace de ver que no había quien trabajara con las víctimas del homicidio y la  desaparición”, asegura Lydia, quien, desde 2006 empezó su lucha para que estos casos no solo fueran cifras con rostros invisibles.

Parque de la memoria de Aguazul

 

“La fundación es mi forma de mi vida”
Lydia decidió continuar y, con la ayuda de las madres que trabajaban junto a ella, empezó a aliarse con las autoridades locales, creando la necesidad de un espacio para la reconstrucción de la memoria de las víctimas.

“Era un espacio en la entrada de Aguazul. Colocamos un muralito y, ya en el 2011, hicimos la inauguración. Desyerbamos, pusimos maticas y empezamos a marcar el territorio”, cuenta. Posteriormente, hablaron con los gobernantes del municipio y les propusieron la idea.

Para ella, hacer memoria es clave en un proceso de reparación, pues, dice, “si no contamos, tiende a repetirse la historia”

Y es que, si bien – agrega- la reparación económica es importante, la verdad, la justicia y la memoria hacen parte de un país. Pero esta memoria, debe ser con miras hacia la esperanza.

Mas no todo ha sido fácil. Al ser una asidua luchadora por los derechos de las víctimas y hacer denuncias públicas sobre mandatarios locales aliados con el paramilitarismo, ha recibido, incluso, amenazas de muerte. Todo esto, afirma, “por levantar la sábana en Casanare y exigir que se haga justicia”.

 

De frente con los victimarios, la mirada del perdón

Lydia no solo trabaja con las víctimas. En su interminable búsqueda de la verdad, ha tenido que visitar las cárceles en donde están recluidos algunos de los involucrados en la desaparición de su hermano.“Reunirme con él fue algo inolvidable, porque no es fácil, pero considero que nosotros somos los que estamos libres de odio”, cuenta.

Con las fotos que están exhibidas en la galería del Parque de la memoria, ha hablado con los exparamilitares y, así, ha reunido la mayor cantidad de información posible.

En el momento en que el captor de su hermano accedió a verse con Lydia, pidió la protección de los guardias del INPEC durante su entrevista. Sin embargo, fue ella quien le pidió que no sintiera temor pues era “una gestora de paz”. “Tranquilo, dígame dónde esta mi hermano”, le dijo.

Él, con sus palabras, revivió aquel día. Le contó que, tras sacarlo de su casa, lo había entregado a un paramilitar, pero de ahí, la información que tenía era nula.

Lydia está segura que su hermano no está vivo. Cada historia que le ha compartido un excombatiente la lleva a la misma conclusión.

No obstante, sigue firme en su labor pese a las amenazas. “Esto no ha sido fácil; ha sido una lucha social”, puntualiza. Y eso lo tiene claro desde que inició en este camino.

Un sendero que ha recorrido de a poco, pero con la plena certeza de que los desaparecidos no han sido olvidados. Para esta líder comunal, “visibilIizar, conscientizar y sensibilizar son las  tres herramientas básicas para que un pueblo se emancipe”.

“Nosotros somos víctimas y no tenemos que estar en odio y en guerra; sino unirnos hacia un solo objetivo, una sola meta: la verdad, la justicia y la reparación”, concluye, mientras recorre una de las calles del Parque de memoria en Aguazul.

Un escenario que revive la memoria de quienes desaparecieron en medio del conflicto armado, que golpeó con crudeza a Casanare.  Víctimas que no se quedaron en una cifra o en un titular de un diario, pues sus historias, sus voces y sus rostros siguen latentes en murales, fotografías y  monumentos simbólicos,  que materializan la esperanza de la región de la Orinoquía colombiana, que se niega a rendirse en el anhelo de palpar la paz.

 

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